El antropocentrismo sitúa al ser humano como el elemento central y más importante. La naturaleza vale en la medida en que sirve al ser humano (recursos, paisaje, salud, cultura). Tiene variantes: el antropocentrismo egoísta (que solo mira el corto plazo) y el antropocentrismo prudente (que cuida la naturaleza porque a largo plazo nos beneficia). Las decisiones se toman pensando en los humanos presentes y futuros. Su fortaleza es que resulta pragmático y compatible con el bienestar humano y las políticas públicas; su debilidad, que en su variante egoísta cae en explotación cortoplacista e ignora el valor propio de la naturaleza.