El consecuencialismo sostiene que el valor moral de una acción depende exclusivamente de sus consecuencias. A diferencia de la deontología —que evalúa las acciones por sus intenciones y la forma de la máxima, con independencia de los resultados— el consecuencialismo invierte la prioridad: una acción es correcta si, y solo si, produce el mejor estado de cosas posible para todos los afectados. Su versión más influyente es el utilitarismo.

Jeremy Bentham y el principio de utilidad (Introducción, 1789)

Jeremy Bentham publica en 1789 la Introducción a los principios de la moral y la legislación. El punto de partida es declarado en el capítulo 1: «La naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, el dolor y el placer». De aquí deriva el principio de utilidad: una acción es correcta en la medida en que promueve la mayor felicidad del mayor número de afectados.

El cálculo felicífico (Introducción, cap. 4)

Bentham propone medir el placer y el dolor mediante siete dimensiones: intensidad (¿cuán fuerte es?), duración (¿cuánto dura?), certeza (¿cuán probable es que ocurra?), proximidad (¿cuán cercano en el tiempo?), fecundidad (¿produce más placeres a continuación?), pureza (¿evita que le sigan dolores?) y extensión (¿a cuántas personas afecta?). Con estas siete variables, en principio, el legislador puede calcular cuál de dos acciones produce más utilidad total.

Bentham es un hedonista cuantitativo: todos los placeres son equivalentes en tipo; solo difieren en cantidad. Un juego de niños y una obra de teatro son igualmente valiosos si producen la misma cantidad medida de placer. Esta posición fue duramente criticada por su propio discípulo J. S. Mill.

John Stuart Mill: la distinción cualitativa de placeres (Utilitarismo, 1863)

Mill acepta el principio de utilidad de Bentham, pero rechaza su hedonismo cuantitativo. En Utilitarismo (1863) introduce la distinción crucial entre placeres superiores e inferiores. Los placeres intelectuales, morales y estéticos son cualitativamente superiores a los placeres meramente sensuales; no se trata de una mayor cantidad sino de una diferente naturaleza.

«Es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho. Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un loco satisfecho; y si el loco o el cerdo tienen opinión diferente, es porque solo conocen su propio lado de la cuestión.»
— J. S. Mill, Utilitarismo, cap. 2 (1863)

El test de Mill para determinar qué placeres son superiores no es aritmético sino experimental: quienes han experimentado ambos tipos de placer prefieren invariablemente los superiores, aunque vengan acompañados de mayor insatisfacción. El conocedor —alguien que ha experimentado ambos— es el juez competente.

Bentham: hedonismo cuantitativo
Todos los placeres son cualitativamente iguales; solo difieren en cantidad. Lo que importa es el resultado del cálculo felicífico. El legislador ideal maximiza la suma total de placer menos dolor para el mayor número de personas.
Mill: hedonismo cualitativo
Los placeres difieren en calidad, no solo en cantidad. Los placeres del intelecto, los sentimientos morales y la imaginación son superiores a los placeres corporales. Esta distinción pretende defender el utilitarismo de la acusación de ser una «filosofía de cerdos».

Utilitarismo del acto vs. utilitarismo de la regla

Utilitarismo del acto
Cada acción concreta debe evaluarse directamente por sus consecuencias: elige la acción que maximice la utilidad total en esta situación. Ventaja: flexibilidad y sensibilidad al contexto. Crítica: exige una omnisciencia sobre el futuro que nadie posee, y puede justificar en casos extremos acciones que viola intuitivamente la justicia (ej. ejecutar a un inocente si eso calma disturbios que causarían más muertes).
Utilitarismo de la regla
No maximizamos utilidad caso a caso, sino adoptando las reglas generales cuyo seguimiento sistemático produce más utilidad (no mentir, honrar promesas, respetar derechos). Ventaja: evita los resultados contraintuitivos del utilitarismo del acto. Crítica: si en un caso concreto la regla produce menos utilidad que violarla, ¿por qué seguirla? Parece colapsar de nuevo en el utilitarismo del acto.

Críticas clásicas al utilitarismo

El problema de la justicia

El utilitarismo puede justificar en principio el sacrificio de un individuo inocente si eso maximiza el bienestar del conjunto. Imaginemos un hospital donde cinco pacientes morirán sin órganos compatibles. Un viajero sano llega al hospital. ¿Sería correcto que el cirujano extrajera sus órganos para salvar a los cinco? La lógica utilitarista del acto parece decir que sí: 5 vidas > 1 vida. La mayoría rechaza esta conclusión: el utilitarismo parece incapaz de capturar intuiciones morales básicas sobre derechos y justicia.

Bernard Williams: el problema de la integridad

En «A Critique of Utilitarianism» (en Smart & Williams, Utilitarianism: For and Against, 1973), Williams plantea que el utilitarismo viola la integridad moral del agente. Su caso: Jim, un botánico, llega a una aldea latinoamericana donde un capitán militar va a ejecutar a veinte prisioneros. El capitán le ofrece un trato: si Jim mismo dispara a uno, los diecinueve restantes quedan libres. El utilitarismo exige que Jim dispare: 19 vidas > 1 vida. Williams objeta que esta exigencia ignora que Jim tiene sus propios compromisos morales y que esos compromisos son constitutivos de su identidad. El utilitarismo lo trata como un mero vehículo de cálculo de utilidad, no como un agente con una vida moral propia.

La máquina de experiencias (Nozick)

Robert Nozick plantea en Anarquía, Estado y Utopía un experimento mental contra el hedonismo:

Supón que existe una máquina que puede estimular tu cerebro para que experimentes lo que desees. Puedes programarla para sentir placer máximo por el resto de tu vida. ¿Te conectarías?
— Robert Nozick, Anarquía, Estado y Utopía (1974)

La mayoría rechaza la máquina: no queremos solo experiencias de placer; queremos que ocurran cosas reales, que nuestra vida tenga impacto genuino en el mundo. Esto sugiere que el placer no es el único bien, y que el hedonismo utilitarista malentiende lo que realmente nos importa.

Peter Singer: utilitarismo de preferencias y antiespecismo (Liberación animal, 1975)

Peter Singer propone una versión más sofisticada del utilitarismo: el utilitarismo de preferencias. Lo que importa no es maximizar el placer, sino satisfacer las preferencias de todos los seres capaces de tenerlas. La capacidad moralmente relevante no es la inteligencia ni la pertenencia a una especie, sino la sintiencia: la capacidad de sufrir y de tener intereses.

Antiespecismo
Singer rechaza el especismo: el prejuicio de dar más peso a los intereses de los miembros de nuestra especie por el mero hecho de serlo. Si un animal puede sufrir, su sufrimiento cuenta moralmente igual que el de un humano en circunstancias similares. El principio de igual consideración de intereses no significa que todos los seres reciban el mismo trato, sino que sus intereses comparables reciban igual peso.
Consecuencias prácticas
Para Singer, la ganadería industrial —que inflige sufrimiento masivo a animales sensibles cuando hay alternativas disponibles— es moralmente injustificable. No porque los animales tengan «derechos» en sentido kantiano (Singer rechaza el lenguaje de derechos), sino porque el utilitarismo exige considerar sus intereses en no sufrir con independencia de su especie.

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