La pregunta epistemológica fundamental de la metaética es: ¿por qué tenemos obligaciones morales y de dónde proviene su fuerza vinculante? Las siete grandes tradiciones de respuesta son incompatibles entre sí y arrojan implicaciones radicalmente distintas sobre qué puede o no puede exigirse a los demás.
1. Voluntarismo teológico
La tradición moral religiosa sitúa el origen de la obligación en la voluntad o mandato divino. Lo que es moralmente obligatorio es lo que Dios ordena; lo prohibido, lo que Dios prohíbe. Tomás de Aquino articuló la versión sistemática más influyente: la ley moral es participación de la criatura racional en la ley eterna de Dios. Su primer principio: «bonum est faciendum et prosequendum, et malum vitandum» — el bien debe hacerse y perseguirse, y el mal debe evitarse (Summa Theologiae, I-II, q. 94, a. 2).
El dilema de Eutifrón — Platón, Eutifrón, 10a
Sócrates pregunta a Eutifrón: «¿Es lo piadoso amado por los dioses porque es piadoso, o es piadoso porque es amado por los dioses?» Aplicado a la ética teológica: ¿es bueno algo porque Dios lo ordena, o Dios lo ordena porque es bueno?
- Si lo primero: la moral es arbitraria — Dios podría ordenar la crueldad y sería buena.
- Si lo segundo: el «bien» existe con independencia de Dios, y Dios no funda la moralidad, sino que la reconoce.
El dilema muestra que el voluntarismo teológico puro enfrenta una tensión estructural entre autoridad divina y objetividad moral. (Trad. J. Calonge Ruiz, en Platón, Diálogos I, Gredos, 1981)
2. Racionalismo moral
Para la tradición racionalista, la obligación moral no procede de Dios ni de sentimientos, sino de la razón. Solo la razón puede legislar universalmente con independencia de circunstancias contingentes.
Immanuel Kant (1724–1804) — El imperativo categórico
Kant distingue el imperativo hipotético ('si quieres X, haz Y') del imperativo categórico, que obliga incondicionalmente. Primera fórmula (ley universal): «Obra sólo según aquella máxima mediante la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal» (Fundamentación de la metafísica de las costumbres, 1785, BA52, trad. García Morente). La obligación moral deriva de la racionalidad del agente, no de sus deseos ni de consecuencias externas.
Christine Korsgaard (n. 1952) — Constructivismo kantiano
Korsgaard actualiza la fundamentación kantiana: la normatividad moral proviene de la autoconstitución de agentes racionales que reflexionan sobre sus propios impulsos y los endosan o rechazan. La ley moral es la ley que nos damos a nosotros mismos para mantener una identidad práctica unificada. Así reformula la autonomía kantiana sin apelar a una razón pura desencarnada (The Sources of Normativity, Cambridge University Press, 1996, conferencias 3–4).
3. Sentimentalismo moral
El sentimentalismo sostiene que la moralidad se fundamenta no en la razón sino en los sentimientos morales: aprobación, desaprobación, empatía, indignación. La razón puede guiar los medios, pero los fines morales los fijan nuestras emociones.
David Hume (1711–1776) — La razón, esclava de las pasiones
Hume argumentó en el Tratado de la naturaleza humana (1739–40, III.i.I) que la razón sola nunca puede motivar la acción: solo indica medios para fines ya queridos. Las distinciones morales (virtud/vicio) se fundan en sentimientos de aprobación y desaprobación que experimentamos ante acciones y caracteres. Cuando observamos la crueldad y sentimos desaprobación, eso es la moral, no un cálculo racional. Hume añade que de hechos solos no se derivan deberes: la célebre brecha ser-deber (is-ought gap).
Adam Smith (1723–1790) — La simpatía como fundamento
Smith propone en la Teoría de los sentimientos morales (1759, parte I, sección I) que el fundamento del juicio moral es la simpatía: la capacidad de imaginar los sentimientos del otro y evaluar la adecuación de las propias emociones desde la perspectiva de un 'espectador imparcial'. La moralidad no es mandato externo ni cálculo abstracto, sino resonancia empática regulada por la imaginación.
4. Ley natural
La tradición de la ley natural sostiene que la razón humana puede descubrir principios morales inscritos en la naturaleza racional del ser humano, válidos antes de cualquier convención o mandato positivo. Tomás de Aquino formuló el marco medieval de referencia — la ley natural como participación racional en la ley eterna (Summa Theologiae, I-II, q. 94) — pero es John Locke quien lo reformula en clave racionalista e ilustrada, desvinculándolo de la teología y convirtiéndolo en fundamento de los derechos individuales.
John Locke (1632–1704) — Segundo tratado sobre el gobierno civil (1689)
En el capítulo II ('Del estado de naturaleza'), §§ 4–6, Locke describe un estado previo al Estado en el que los hombres son iguales e independientes, gobernados únicamente por la ley de la naturaleza, cognoscible por la razón. Esa ley enseña que ninguno debe dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones (Segundo tratado, cap. II, § 6, trad. Carlos Mellizo, Alianza Editorial). A diferencia del voluntarismo teológico, la obligación moral no depende aquí de un mandato divino arbitrario sino de la racionalidad inherente a todo ser humano: la razón descubre, no inventa, los principios morales. Los derechos naturales (vida, libertad, propiedad) son anteriores al Estado y limitan su poder legítimo — cualquier gobierno que los viole pierde su autoridad.
5. Relativismo cultural
El relativismo cultural niega que exista una fundamentación moral universal: los valores son productos de cada cultura, variables entre sociedades y épocas. No hay criterio transcultural para afirmar que una moral es objetivamente mejor que otra.
Edward Westermarck (1862–1939) — Ethical Relativity (1932)
Westermarck argumentó que los juicios morales son emociones proyectadas sobre acciones, y que esas emociones varían de cultura en cultura sin fundamento objetivo universal. Los tabúes morales (incesto, formas de violencia, rituales funerarios) muestran variación empírica irreducible: no hay hechos morales que todas las culturas descubren independientemente, sino respuestas emocionales condicionadas por el entorno cultural (Ethical Relativity, Harcourt, Brace and Company, 1932).
Ruth Benedict (1887–1948) — Patterns of Culture (1934)
Benedict describió cómo cada cultura integra sus valores en un patrón coherente y único: lo que en una cultura es normalidad (agresividad guerrera, éxtasis ritual) en otra es patología. La normalidad es un concepto relativo al proceso cultural, no una propiedad objetiva universal. No hay una naturaleza humana que dicte una moral única; cada configuración cultural constituye un proyecto moral completo en sus propios términos (Patterns of Culture, Houghton Mifflin, 1934).
Gilbert Harman — Relativismo moral analítico
Harman defiende en 'Moral Relativism Defended' (Philosophical Review, vol. 84, n.º 1, 1975, pp. 3–22) que los juicios morales son implícitamente relativos a marcos normativos compartidos: 'Debes hacer X' significa 'Debes hacer X relativo al acuerdo implícito que tú y tu interlocutor comparten'. No hay obligaciones morales trans-marco: fuera del marco, la obligación no vincula.
6. Naturalismo evolutivo
El naturalismo evolutivo busca el fundamento de la moral en la biología: los sentimientos y disposiciones morales son adaptaciones que evolucionaron porque favorecen la supervivencia y la cooperación en grupos sociales. La moralidad no es un don divino ni un axioma racional, sino un producto de la selección natural.
Charles Darwin (1809–1882) — The Descent of Man (1871)
En la primera parte de The Descent of Man (1871), Darwin argumenta que el sentido moral es la consecuencia más importante de la evolución humana. Los instintos sociales (amor filial, solidaridad, reciprocidad) evolucionaron porque los grupos con tales disposiciones sobrevivían y se reproducían mejor. La moral no es divina ni racional en sentido abstracto: es un instinto social complejo perfeccionado por la selección.
E. O. Wilson (1929–2021) — Sociobiology (1975)
Wilson propuso en Sociobiology: The New Synthesis (Harvard University Press, 1975) que el altruismo aparente puede explicarse por 'selección de parentesco' (kin selection): ayudamos a quienes comparten nuestros genes porque así maximizamos la transmisión del propio material genético. La moralidad es, en última instancia, estrategia reproductiva codificada como sentimiento de obligación.
Frans de Waal (n. 1948) — La edad de la empatía (2009)
De Waal documenta en primates no humanos (chimpancés, bonobos, macacos) conductas que constituyen precursores evolutivos de la moral humana: empatía, reciprocidad, detección del engaño, sentido de equidad ante distribuciones injustas. Concluye que la moralidad no fue 'inventada' por la razón ni la religión, sino que tiene raíces biológicas compartidas con otros animales sociales (The Age of Empathy, Harmony Books, 2009).
7. Construccionismo social y ética del cuidado
La tradición construccionista sostiene que los valores morales no son universales ni naturales, sino construidos socialmente a través de prácticas, discursos y relaciones de poder históricamente variables. La ética del cuidado añade que la fundamentación moral debe partir de relaciones concretas de interdependencia, no de reglas abstractas.
Michel Foucault (1926–1984) — Genealogía de la moral
Siguiendo el método genealógico de Nietzsche, Foucault mostró que las normas morales son productos históricos de relaciones de poder, no verdades eternas. En Vigilar y castigar (1975) analizó cómo las disciplinas modernas (cárcel, escuela, clínica) producen normas de conducta que los sujetos interiorizan como 'moralidad natural'. Lo que vivimos como obligación moral refleja mecanismos de poder que han modelado la subjetividad sin que el sujeto lo advierta.
Judith Butler (n. 1956) — El género en disputa (1990)
Butler argumenta que las normas morales en torno al género y la sexualidad no reflejan una naturaleza humana fija, sino que son performativas: se constituyen y reproducen mediante actos reiterados. Cuestionar qué 'debe' hacer una mujer o un hombre exige reconocer que esos 'deberes' son construcciones culturales contingentes — pueden desnaturalizarse, y por tanto transformarse (Gender Trouble, Routledge, 1990).
Carol Gilligan (n. 1936) — In a Different Voice (1982)
Gilligan propuso la ética del cuidado como alternativa a la ética de la justicia abstracta (Kohlberg). La moralidad se fundamenta en relaciones concretas de cuidado, responsabilidad y atención al otro particular, no en reglas imparciales universalizables. Esta perspectiva — históricamente asociada a experiencias femeninas — destaca la interdependencia frente a la autonomía como base del juicio moral (In a Different Voice, Harvard University Press, 1982).
Qué se juega aquí: ninguna de estas fundamentaciones es neutral. Cada una define qué argumentos cuentan en un debate moral, a quién se reconoce autoridad moral y qué puede exigirse universalmente. La pregunta sobre qué
significan los juicios morales se desarrolla en
Filosofía del lenguaje moral; la pregunta sobre si los valores
existen objetivamente, en
Naturaleza de los valores morales.